domingo, 11 de enero de 2009

SÍ PERO CON RESERVAS...

Prisioneros de lo evitado

Hay dos maneras garantizadas de perpetuar un dolor: la primera y más obvia es aferrarnos a él, impidiendo que la vida siga fluyendo; en ese caso es como si la persona hiciera de ese dolor su identidad, rechazando cualquier alternativa que le permita elaborarlo para pasar a una instancia menos sufriente. La segunda, que es exactamente la opuesta. Sí: otro modo de garantizarnos la perpetuidad de un dolor es evitar hacer contacto con él.

A ver... es como si la vida fuera un largo corredor con múltiples puertas (vínculos, logros, viajes, proyectos...) y la persona entrara y saliera por cualquiera de ellas; pero hubiese UNA PUERTA cuyo umbral es de fuego; cada vez que la persona pasa cerca de ella retrocede, se distrae, bromea para disimular, huye... Detrás de esa puerta está lo evitado: un duelo suprimido, un miedo no reconocido, una carencia que acosa desde el fondo y preferimos no sentir, un rencor que corroe y se disfraza de sarcasmo, un sentimiento de abandono que acompañamos con cualquiera o eludimos decretando soledades...

Creemos ser libres de andar por el corredor, pero no: somos prisioneros de lo evitado. Pues el peligro no es la puerta en llamas: el peligro es su evitación, que nos limita. Y sólo atravesando ese umbral de fuego es posible apagarlo: el único modo de dar fin a la ansiedad que toda evitación produce. Cuando reconocemos lo evitado, cuando lo enunciamos o lo compartimos, cuando pedimos ayuda para cruzar ese umbral, cuando ya no nos mentimos... comienza una nueva libertad. Cada vez que afrontamos, aceptamos, asumimos, y llamamos las cosas por su nombre, estamos poniendo en marcha un proceso que limpia lo largamente fermentado; gracias a él vamos gestando, poco a poco, algo que todos necesitamos sentir: el autoaprecio que adviene por haber tenido el valor de no mentirse más, de no evitar. Así lo dijo Eva Pierrakos:

Tras la puerta de asumir tu debilidad,
reside tu fuerza.

Tras la puerta de sentir tu dolor,
residen tu placer y gozo.

Tras la puerta de sentir tu miedo,
residen tu seguridad y confianza.

Tras la puerta de sentir tu soledad,
reside tu capacidad de tener satisfacción,
amor y compañía.

Tras la puerta de sentir tu odio,
reside tu capacidad de amar.

Tras la puerta de sentir tu desesperación,
reside tu esperanza verdadera y justificada.

Tras aceptar las carencias de tu infancia,
reside ahora tu satisfacción.

Autores: Virginia Gawel & Eduardo Sosa ã, Directores del Centro Transpersonal de Buenos Aires, http://pensamientosensible.blogspot.com Permitida su reproducción citando esta fuente.

6 comentarios:

Gesualdo dijo...

Pudiera ser.

Ego... dijo...

No imaginas hasta que punto estoy ahora mismo en mi vida comenzando ese proceso: autoaprecio
Un abrazo

PIR_ADO dijo...

EGO, yo todavía sigo en la autocompasión. Patético. lo sé.

Anónimo dijo...

Un club de autocompasivos sería buena idea? Seguro que lo hay, para salir de ella vamos. Seguramente sería socio numerario...

Un abrazo (todavía tenemos una conversación pendiente de hace mucho, mucho...)

Ego... dijo...

Cada cual a su tiempo.
un abrazo

Anónimo dijo...

Esto me recuerda mucho una historia figurada, en la que un hombre paseaba al borde mismo de un inmenso precipicio, guardando equilibrio entre caerse y no caerse al abismo. El hombre pensaba que era libre de precipitarse, o de no hacerlo, mientras caminaba en equilibrio. Porque el hombre era consciente de su libertad de elección, y ahí residía, quizás, su grandeza como ser humano, su autodeterminación.

Esto, que está en la base misma del existencialismo, plantea además la libertad de opción, y si somos o no más esclavos por lo que hacemos que por lo que no hacemos, como esa persona tuya que pasa por delante de esa puerta, eligiendo no cruzarla y quedarse de este lado.

En fin. Qué cosas me traes a la cabeza...

Abrazos mil!!